Mascullo, murmuro. Insultos, Odios, Envidias. Lo que siento, lo que imagino, lo que me duele.
Comillos que intentan desgarrar imágenes en mi mente, tristezas inventadas.
Maldigo el día que no pude deshacerme de ese vacío, de ese asco que impregna mis labios mi mente, mis manos.
Ese temblor, ese miedo de nunca poder ser el amado.
Amor, ese sentimiento tan ajeno. Por qué no existe, por qué se escapa.
Déjeme seguir adelante. Déjeme volver a soñar, volver a ser feliz. Si tengo que sentir arcadas por horas será bien, no hay nada como saber que ya no quedan entrañas, que ya no queda nada por vomitar en el balde sin fondo. Dejar caer el pelo jugando con su altura, cogerse la cara, mareado de sufrimiento, un sufrir genuino, el verdadero sufrir. Escupir aire, babas de una materia desconocida y triste (pero muy familiar).
Pero ya no aguanto esa bola de negra sombra, esa masa que me consume, que no me deja sonreir, que no me suelta.
Gritar, gritar. Sin solución, gritar en un eterno alarido silencioso entre dientes.