Wednesday, June 28, 2006

Una entrevista no tan entrevista (creo que hablamos más del Mundial que de otra cosa)


Es cierto sigo reciclando cosas para pegarlas en el blog. Pero no importa, otro ejercicio que puede resultar interesante para algunos, sobre un tema que me apasiona. Un motivo más para pensar si estamos haciendo lo que se debe.

Parte de lo que hace al pueblo Romá una cultura tan interesante y fascinante es esa habilidad para no ser predecibles. Las nociones e ideas sobre quienes son se vuelven ambivalentes cuando se intenta llegar a lo que las personas opinan o creen sobre ellos. No podemos dejar de lado lo importante que es la diversidad al interior de una cultura con manifestaciones tan numerosas, pero eso sólo contribuye a que los imaginarios sobre lo “gitano” varíen aún más, según la mentalidad de la gente que los acoge.
Este pequeño escrito se basa en conversaciones con una persona en particular, que se dieron poco a poco, mientras buscaba “gitanos” con quienes poder llevar a cabo un trabajo más serio, tal vez orientado hacia la etnografía. Busqué principalmente en dos lugares que, según había escuchado, recibían miembros de las kumpeniyi que residen en Bogotá (o al menos eso me indujeron a pensar): la Plaza de la Iglesia de Lourdes (donde había visto antes, una vez, mujeres con largas faldas caminando orgullosas de un lado a otro de la gran placa de piedra) y el Parque Nacional. Las visitas recurrentes a la primera, más cercana a los lugares donde me muevo normalmente, cada sábado o domingo por tres semanas seguidas, y las preguntas de rigor, me llevaron hacia los vendedores ambulantes y, entre ellos, hacia el más abierto a mis cuestionamientos. Don Eliseo, heladero de profesión fue aquella persona con la que pude hablar sobre el tema
[1] (además de ciertas cuestiones propicias para la ocasión, como los partidos que él se perdía del mundial mientras salía, o la situación actual de los vendedores ambulantes en la capital).
Pregunté que si había visto “gitanos”, tal vez apelando a la informalidad para no levantar sospechas. Me dijo que venían a menudo. Ese domingo, Don Eliseo me dijo que varios habían ido el día anterior a estar allí toda la tarde. Hablaba como con un cliente, como si quisiera llegar rápido al momento de la venta, sobre todo porque lloviznaba y se notaba que el día no había estado lleno de buenos negocios. Aproveché para calmar un antojo de chocolate y para hablar sobre un periódico que él leía.
“Vienen varios gitanos, ELLAS [si, ellas “entonces son mujeres” “si, son mujeres”] vienen aquí y me hacen el gasto…””Hay unas jovencitas [y esto lo insinuó varias veces, junto con un gesto de aprobación tácito que prefiero no interpretar de forma muy imaginativa]… con faldas largas y pelo largo llegan en un taxi todas, siete, ocho…”
Que más podía hacer sino escuchar a ese señor bajito y canoso, que más tarde me presentó a su esposa e hija que también vendían helados en la plaza. Había visto y conocido más personas del pueblo Romá que yo en mis humildes aproximaciones y se relacionaba con ellas al nivel de colegas y clientes. Más tarde me diría: “Ellas son como nosotros [como vendedores ambulantes], viven de eso… no se van a quedar sin comer.” ¿Pero a que se refería? A aquella práctica llamada leer la suerte, concretizada en la quiromancia (en sus palabras “leer la mano”), de la cuál Don Eliseo no se veía muy convencido.
Aquí Don Eliseo se sintió más cómodo, estaba hablando de prácticas económicas que conocía profundamente. “Para eso se necesita buena labia… hablan como en inglés” decía, como él cuando lograba que alguien comprara una paleta, ellas convencían a los que pasaban para adivinarles la suerte, como solían hacer desde hace siglos, y cobraban mil o dos mil pesos por la consulta. “Llegan de 12:00 a 1:00, cuando hay más gente…” “y van de una lado para otro para no cansar la clientela” “…eso da buena plata…hasta hay unos gitanos[as] chiviados (¿chiviados?), se disfrazan.”
Pero ¿por que no estaban?, era la pregunta, y siguió siéndolo las próximas veces que hablamos. “La policía los molesta…los saca” “¿Por qué?” “Llegaban hasta 30 y se sentaban en el centro de la plaza” “La gente se queja [al CAI]…No dejaban ni caminar”. ¿Será por esto que los sacaban? Las veces que pasaba por ahí siempre hubo cuenteros, bailarines de tango, filmaciones de televisión, culebreros y hasta carreras de curíes que acumulaban el doble o hasta el triple de personas a su alrededor. Lástima no tener otra versión de lo ocurrido.
A mi parecer la búsqueda dio unos pocos frutos. Poca a poco Don Eliseo conversaba sobre lo que sabía de los gitanos, ya no sólo lo que había visto sino sobre lo que escuchaba sobre ellos. Cuando me veía nuevamente me saludaba, se reía y me decía “Deben estar de gira…en Barranquilla”. “Ellos son como una “tribu”, tienen diferentes vidas…hacen su campamento con carretas… otros tienen su apartamento… o un edificio en arriendo entre todos y viven ahí.” “Cuando llegan aquí pierden su atocto… ¿cómo es? (“¿su ser autóctonos?” “eso”)… sobre todo los jóvenes cuando son educados… la educación cambia.” “Esos son españoles… están de ilegales… como los ecuatorianos que sacaron de cerca de cerca de mi casa y tuvieron que dejar las cosas para que se las cuidaran, mientras volvían”.
El escrito anterior para este curso evidenciaba pequeñas manifestaciones de la cultura popular en imágenes. Ahora, creo yo, podemos verlas en acciones concretas que afectan personas de carne y hueso. Cómo éstas se entrecruzan con la experiencia para crear un imaginario coherente sobre la idea de lo “gitano” en una ciudad como Bogotá y en un país como Colombia. Los conceptos de pueblo Romá como gente sin rumbo, hogar o camino, tanto que son considerados inmigrantes ilegales en un país en el cual están desde hace por lo menos algunos siglos; o de la Rromí (mujer gitana), miembro de esta cultura más visible y asequible, como hechicera, embaucadora o por lo menos charlatana que es encantadora pero viste diferente y habla diferente; son más comunes que el haber visto o hablado con un Rromea (hombre gitano) o Rromí. Más aún, si ahondábamos bien, veríamos una referencia a la discriminación sufrida por este pueblo desde mucho antes de su llegada a América de parte de una autoridad local, pero lo que es más importante, de parte de las personas en los alrededores de la plaza, que se sienten incómodos con su presencia (más no con la presencia de cuenteros, o vendedores, o hippies, o técnicos de televisión y sus respectivas cámaras y micrófonos). Sentimientos y comportamiento implícitos en una conducta llena de parcialidad e ignorancia de parte de cada miembro de la sociedad que no se ha tomado el trabajo de ver quien es aquél a quien juzga por una canción, una película o una historia de hace algunos siglos. Gracias a Don Eliseo, que con su actitud abierta, por lo menos más abierta que la de la mayoría de nosotros, logró ver y recordar cosas que otros no habrían visto ni recordado.
[1] Reproduzco aquí algunos apartes de algunas conversaciones que tuve con Don Eliseo, me reservo su apellido, sobre el pueblo Romá. La transcripción dista mucho de ser literal y ordenada cronógicamente, en parte porque las charlas no fueron grabadas y en parte por mantener una estructura coherente con el texto. Intento ser lo más fiel posible a lo dicho por él, con cada sesgo y palabra.