Déjame Imaginar
Uno de los guerreros de la armadura de dragón llora al pie de un arbusto. ¿Cuanta gente tendrá que morir antes de que pueda hallar un lugar dónde descanzar? Sus dos espadas reposan en sus vainas, ya manchadas y con un filo al borde del colapso. Su travesía, que creía había terminado, vuelve a empezar, y lo único que le queda son sus dos armas (bueno, tres, pero las dos figuras que observaba no debían saberlo) y el desconsuelo de haber perdido una vez más el lugar que había llamado hogar. "El que a hierro mata, a hierro muere" rezaba un decir en la tierra que había dejado hace tiempo para internarse en un mundo que sólo le respondía con metal y sangre (tal vez, a veces, con un poco de magia). Entonces porque no había muerto, había algo mal en esta afirmación. Cuatro ojos lo miraron entre las ramas y decidió levantarse y devolver la mirada. Sos ojos no se veían debajo del capuchón de su capa y su espada más larga brillaba en la noche. "Dos movimientos y podré salir de aquí para nunca volver" se dijo.

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